INCOMPETENCIA
Miguel d'Ors (Santiago de Compostela, 1946)
Evidentemente no soy el hombre adecuado.
Amo el silencio y la lentitud
con una indesmayable vocación vegetal.
Me gusta la rutina física:
que el despertar, la barba, las comidas y el descanso
corran fáciles por el carril de la costumbre
sin exigirme que baje cien veces cada día
a tomar decisiones respecto a mi animal.
Quisiera que la vida fuese ocurriendo en fila
—primero esto, después lo siguiente, por último lo demás—
y no como un ataque de comanches borrachos.
Detesto los balones de rugby y todo género de sorpresas.
Las noches más inolvidables de mi juventud
son aquéllas que pasé durmiendo
en un sueño abisal, hermético, absoluto
—ay, cuánto las añoro, con su ausencia de luna, ruiseñores, etc.—.
Adoro las casonas de piedra nobiliaria y los Dufy.
Disfruto asistiendo entero a cada uno de mis actos
y odio tener aquí los ojos, allí los pies y al otro lado las palabras.
Mi idea de la felicidad se parece a la nieve de Wyoming
y mi interlocutor preferido es el fuego.
Comprenderán ustedes que sin duda
soy la persona menos indicada
para ser miguel d’ors.
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