Amo el silencio humilde de esta calle ennoblecida de árboles serenos por donde nunca pasó otra alma que no sea la del viento... Las nubes se detienen a mirarla con sus ojos etéreos, y saben, por la ausencia de las hojas, si está en ella el otoño o el invierno. Amo el silencio humilde de esta calle ennoblecida de árboles serenos por donde caminé tantos domingos con mi pequeño huerto de recuerdos... Cuando yo muera, amigo, habrá quedado en esta calle lo mejor que tengo: El rosal escondido de mis penas y la música vaga de mis sueños...
***
«Si bien no se conocen claramente las razones de su suicidio, cierto es que la muerte temprana de una de sus hermanas, María América, en 1922, lo sumió en una profunda y crónica melancolía» (Atilio Milanta). Borges, íntimo amigo suyo, recreó en su poemario «Elogio de la sombra» (1969) los días previos al fatal desenlace:
MAYO 20, 1928 Jorge Luis Borges
Ahora es invulnerable como los dioses. Nada en la tierra puede herirlo, ni el desamor de una mujer, ni la tisis, ni las ansiedades del verso, ni esa cosa blanca, la luna, que ya no tiene que fijar en palabras. Camina lentamente bajo los tilos; mira las balaustradas y las puertas, no para recordarlas. Ya sabe cuántas noches y cuántas mañanas le faltan. Su voluntad le ha impuesto una disciplina precisa. Hará determinados actos, cruzará previstas esquinas, tocará un árbol o una reja, para que el porvenir sea tan irrevocable como el pasado. Obra de esa manera para que el hecho que desea y que teme no sea otra cosa que el término final de una serie. Camina por la calle 49; piensa que nunca atravesará tal o cual zaguán lateral. Sin que lo sospecharan, se ha despedido ya de muchos amigos. Piensa lo que nunca sabrá, si el día siguiente será un día de lluvia. Se cruza con un conocido y le hace una broma. Sabe que este episodio será, durante algún tiempo, una anécdota. Ahora es invulnerable como los muertos. En la hora fijada, subirá por unos escalones de mármol. (Esto perdurará en la memoria de otros). Bajará al lavatorio; en el piso ajedrezado el agua borrará muy pronto la sangre. El espejo lo aguarda. Se alisará el pelo, se ajustará el nudo de la corbata (siempre fue un poco dandy, como cuadra a un joven poeta) y tratará de imaginar que el otro, el del cristal, ejecuta los actos y que él, su doble, los repite. La mano no le temblará cuando ocurra el último. Dócilmente, mágicamente, ya habrá apoyado el arma contra la sien.
Así, lo creo, sucedieron las cosas.
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