CALLE SOLITARIA   

Francisco López Merino (La Plata, 1904-1928)

Amo el silencio humilde de esta calle
ennoblecida de árboles serenos
por donde nunca pasó otra alma
que no sea la del viento...
Las nubes se detienen a mirarla
con sus ojos etéreos,
y saben, por la ausencia de las hojas,
si está en ella el otoño o el invierno.
Amo el silencio humilde de esta calle
ennoblecida de árboles serenos
por donde caminé tantos domingos
con mi pequeño huerto de recuerdos...
Cuando yo muera, amigo, habrá quedado
en esta calle lo mejor que tengo:
El rosal escondido de mis penas
y la música vaga de mis sueños... 

                           ***

«Si bien no se conocen claramente las razones de su suicidio, cierto es que la muerte temprana de una de sus hermanas, María América, en 1922, lo sumió en una profunda y crónica melancolía» (Atilio Milanta). Borges, íntimo amigo suyo, recreó en su poemario «Elogio de la sombra» (1969) los días previos al fatal desenlace:

MAYO 20, 1928
Jorge Luis Borges

Ahora es invulnerable como los dioses.
Nada en la tierra puede herirlo,
ni el desamor de una mujer,
ni la tisis, ni las ansiedades del verso,
ni esa cosa blanca, la luna,
que ya no tiene que fijar en palabras.
Camina lentamente bajo los tilos;
mira las balaustradas y las puertas,
no para recordarlas.
Ya sabe cuántas noches y cuántas mañanas le faltan.
Su voluntad le ha impuesto una disciplina precisa.
Hará determinados actos,
cruzará previstas esquinas,
tocará un árbol o una reja,
para que el porvenir sea tan irrevocable como el pasado.
Obra de esa manera para que el hecho que desea
y que teme
no sea otra cosa que el término final de una serie.
Camina por la calle 49; piensa que nunca atravesará
tal o cual zaguán lateral.
Sin que lo sospecharan, se ha despedido ya
de muchos amigos.
Piensa lo que nunca sabrá,
si el día siguiente será un día de lluvia.
Se cruza con un conocido y le hace una broma.
Sabe que este episodio será, durante algún tiempo,
una anécdota.
Ahora es invulnerable como los muertos.
En la hora fijada, subirá por unos escalones de mármol.
(Esto perdurará en la memoria de otros).
Bajará al lavatorio; en el piso ajedrezado el agua
borrará muy pronto la sangre. El espejo lo aguarda.
Se alisará el pelo, se ajustará el nudo de la corbata
(siempre fue un poco dandy, como cuadra a un joven poeta)
y tratará de imaginar que el otro, el del cristal,
ejecuta los actos y que él, su doble, los repite.
La mano no le temblará cuando ocurra el último.
Dócilmente, mágicamente, ya habrá
apoyado el arma contra la sien.

Así, lo creo, sucedieron las cosas.

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